Descendientes de un carnaval medieval


Andan los historiadores de la vida de pipas y caramelos marcando la notoriedad y antigüedad de nuestros carnavales bañezanos. Sobre todo ahora, que la Secretaría de Estado de Turismo nos ha concedido la declaración de Interés Nacional. Bueno. Tranquilos todos. Sigan con sus devaneos, con sus investigaciones, con su cuchufletas de ratón de armario, con sus argumentos, con… Todo es bueno para el convento, dijo un fraile y llevaba una cuquina a cuestas.

Todos tendréis vuestras razones. Todas serán válidas. Incluidas las de los políticos del extrarradio que quieren ahora subirse en marcha a la plataforma del tranvía llamado carnaval bañezano. Por ello, no creo que se ofendan ninguno de estos eruditos si yo pongo sobre la mesa mi propuesta, mi analítica, mi granito de arena sobre el tema.

Porque veréis mis queridos y nunca bien ponderados lectores, mi idea es que somos descendientes de un magno carnaval medieval que, cada sábado y víspera de fiesta se desarrollaba entre los puestos y tendales de un gran mercado medieval, a la vera de los muros que circundaban el monasterio de Sancti Salvatoris.

Hasta aquí, lo referido al mercado medieval en los comienzos del siglo X, esta documentado. Léanse las investigaciones de nuestro cronista oficial de la ciudad, Conrado Blanco González o del profesor de la Universidad de León, Laureano Rubio Pérez u otros historiadores que ya no vienen a cuento. El resto es fruto de mi fantasía, de mi imaginación, de mis ganas de dar pábulo al pregonero. El que quiera entender que entienda y el que no…, que se escuezca.

Me explico, sobre todo ahora que veo cómo se inventan festivos mercados medievales para rellenar el programa de festejos de pueblos y ciudad, entre ellos la nuestra. Porque es verdad, ¿qué feria, romería, mercado que se precie, en aquellos tiempos del novecientos, no tenía en su logística saltimbanquis, trileros, malandrines, ladrones, malabaristas, payasos, juglares, prostitutas, clérigos disipados, monseñores de perragorda, echadoras de cartas…?

Os imagináis todo este conglomerado de gentes de mal vivir pululando entre puestos y tendales. No hace falta tener mucha fantasía. A partir de aquí y, durante más de un siglo, toda esta fauna, incluidos los feriantes, los vendedores y compradores, los mirones, fueron asentándose en lo que hoy es el caserío del centro de esta población. Y se juntaron, y fornicaron, y llenaros las casas de descendencia, y fundaron este engendro, hoy ciudad, que se llama La Bañeza. Y se fueron aburguesando en sus rincones de la historia.

Con todo esto por delante, aunque alguno tenga dudas más que razonables, era de cajón que para celebrar la fundación de La Bañeza, el asentamiento de sus pobladores, dentro de la amalgama que más arriba comentaba, que cuando llegaban las calendas de febrero, según marcaban los equinoccios y las lunas del calendario gregoriano, las gentes se echaban a la calle para celebrar los antruejos, las carnestolendas, el carnaval del que eran descendientes. Un carnaval que ahora, un secretario de Estado de Turismo, con nombre y apellidos mallorquines, ha decidido conceder la nominación de Interés Nacional.

Pero, ¡ojo al dato, Fortunato! Todo empezó allá por el novecientosveintitantos o treintaytantos, eso son cosas de historiadores con carné y toda la pesca. Por otro lado, creo que consta en un códice al que este escribidor bañezano ha tenido acceso y del que no he vuelto a saber mucho más. O tal vez, como dudó Confucio en su sapiencia, lo soñé, o me lo contaron las estrellas. La cosa empezaba con un cantar de juglar que venía a decir algo parecido a esto:

“Carne de danza y de baile, / de alegrías y de anhelos. / Antruejo de chispa, brujas, / de juerga y jarana velos. / Disfraces de Blancanieves / con enanos lisonjeros. / Payasos de blanca cara / o simples payasos negros. / Abejas, ranas, dragones. / Gatos, osos y ratones. / Piratas, indios, o curas / y risas de helados soles. / Lágrimas de lluvia fría / y amanecer en colores.

Y la juerga se hace calle. / Hay labriegos y artesanos. / Hay clérigos y licenciados. / Hay matronas, hay doncellas / y hasta algún ceño arrugado. / Los zapatos de cristal / de una cenicienta en paro. / Nos pondremos las caretas / que llevamos todo el año…”. Casi como un viejo carnaval medieval. Al fin y al cabo, mil y pico de años qué son para una fiesta de carnaval. Hala, el que quiera rebatirme la teoría…, aquí lo espero, comiendo un huevo…

 

Fuente: Ibañeza.es

 

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