Veinticinco años bailando con brujas


Por Polo Fuertes.

Bueno, pues ya pasó un cuarto de siglo celebrando la Noche Bruja. Veinticinco años bailando con brujas en la noche oscura del lunes de carnaval bañezano. Esa noche loca en la que miles de disfraces asientan sus reales de imaginación y fantasía por las calles y plazas del centro de la ciudad, sin orden ni concierto, al ritmo de la poesía interna de cada cual. Veinticinco años de una iniciativa que volvió a revolucionar la fiesta participativa por excelencia. Una Noche Bruja en la que sólo creíamos los que ya la habíamos experimentado años atrás, saltándonos programas y protocolos, como corresponde a la filosofía del carnaval y a la idiosincrasia de lo bañezano.

(Me van a permitir mus lectores que cada punto y aparte abra un paréntesis de descanso, porque es mucho el sufrimiento y el trajín  menigitorio para exprimir mis recuerdos y añoranzas en este artículo. Ya se ha anunciado que estamos declarados de Interés Turístico Nacional. Pues muy bien. Y aunque los carnavaleros bañezanos entrados en años nos alegramos, lo cierto es que nuestra fiesta nació para divertirnos participando. Lo que venga detrás, bienvenido sea por añadidura. Y que arree)

Todo empezó en una de las reuniones que grupos y carnavaleros por libre teníamos en el Ayuntamiento, presididos por el concejal de fiestas, a la sazón Ramón Santoveña Fernández. Habían pasado más de diez años desde que la estrambótica ‘Fiesta de invierno’ propuesta por los capitostes del franquismo, se había convertido en Carnaval Bañezano y había que renovarse, o seguir la estela de otros carnavales más jóvenes, que habían hecho del talonario de cheques la mejor arma para hacer sombra a los maestros de la máscara y el disfraz, a nosotros, los bañezanos.

(Y llegó el miércoles de ceniza. En el cuarto de baño, en los pasillos, en la sala de estar, en las habitaciones de mi casa se desperdigaban por el suelo restos de confetis con olor a sudor de danza. Restos de serpentinas desgarradas, restos de estrellitas de maquillaje, restos de carnaval. Ha sonado el despertador y los huesos, nuestros huesos, ayer danzarines y bailones, se revelan contra el estúpido pitido penetrante del reloj, que dice que ya es hora, que se acabó la juerga, que terminó (casi, aun falta el entierro de la Sardina) el carnaval. Intentas dar los buenosdías a la parienta, pero tus cuerdas bocales te hacen la faena y sólo sale un jirón de lo que debía ser tu voz una voz resquebrajada que te lleva a las carcajadas de la noche anterior y de la otra y de la otra. Jo, macho, qué plancha).

En aquella reunión se propusieron sugerencias para todos los gustos que iban siendo desechadas por inviables y reiterativas. Una reunión a la yo asistía más como carnavalero que con escribidor de pueblo (que también), echando mi cuarto a espadas y sirviendo de notario de una reunión ácrata y sin casi control. Vamos, de carnaval. Hasta que nace la luz. Era una noche larga del mes de enero de 1986. Al principio, como una vela mortecina, azotada por la brisa fría y húmeda de la época del año. Después: José Luís Martín Rubín, el relojero, pone la iniciativa sobre la mesa. “Potenciemos las noche del lunes al martes de carnaval”.

(Y comienza tu examen…, digamos de conciencia. Cómo habías salido el sábado de casa, fresco, lozano como una rosa. Arramplando con todos los disfraces, que presagiaban tres días de jarana. Primero como telonero de un pregón entrañable. Después el domingo, como si fuera la lectura del martes del año pasado, para su aprobación y comenzar el nuevo ‘orden del día’. Lunes de niños y grandes y las ganas que teníamos los padres de llevarlos para la cama, aunque tuviéramos que agotar los puestos de globos y golosinas, para que ‘obedeciesen’ de alguna forma).

El lunes es el día de los chavales en el carnaval bañezano, montando sus propios números, como la mejor semilla para años venideros. Pero tras el desfile, al anochecer, La Bañeza  volvía a quedar en calma chicha, si es que eso podía ser en esta ciudad durante los días de carnaval. Sólo los más recalcitrantes, algún clásico de toda la vida nos aventurábamos de bar en bar, proponiendo números sueltos de juerga, según estimaban las circunstancias, entre los ya pocos, en aquel entonces, noctámbulos bañezanos.

(Porque veréis, queridos lectores, cuando ya los enanos estuvieran dormidos, saldrían las brujas a su noche. Se armarían de harapos y no tan harapos, se disfrazarían de antruejos y brujearían toda la noche. Una noche sin concierto ni consenso, sin premeditación ni alevosía. Solamente una clara, claroscura nocturnidad).

Se discute. Suben a la mesa los pros y los contras. Hasta que llega la solución. El cuerpo tiene que aguantar como sea. Hay que darle un aliciente a la noche del lunes al martes del carnaval bañezano. Hay que buscar un motivo para que la gente salga de casa. Un por algo. Y disfrazada: “Repartamos unas sopas de ajo”, dice otro carnavalero ilustre, Paco Moreno. Y sigue y sigue la discusión. Es un decir. Pero hay consenso. Sea pues.

(En cualquier rincón de la Plaza Mayor o de las calles Astorga, Manuel Diz, Reloj, Juan de Mansilla, Padre Miguélez… se improvisa el espectáculo, el sainete, el entremés, el número suelto. Sin guión, sin red, sin concha de apuntador. Una noche larga…, larga…, larga, como un túnel negro de chirigotas).

Había que darle un nombre a la nueva noche de juerga y jarana. Y vuelta la burra al trigo, a las andadas discusivas, casi al enfrentamiento. Sin embargo, la reunión era ya mágica. Quizá el nombre fue lo más fácil. Miguel Ángel Nistal Domínguez lo soltó a bocajarro, como escupiendo la idea: “Se llamará Noche Bruja”. Se acabó la controversia, se acabó la discusión.

(Pero el cuerpo aguanta lo que le echen. Y otro desfile el Martes. Y otra vez los ‘danzantes’ danzan dentro de ti. Espectáculo multicolor, arrebañando música de fanfarrias. La gente en las aceras nos aplauden, nos envidian y sigues danzando y danzando, hasta que al día siguiente -a lo peor era el mismo día ya- en el cuarto de baño, en los pasillos, en…, te estampas con los restos del carnaval).

Adelante con los ciriales. La iniciativa se inserta en los programas oficiales. El ayuntamiento apuesta también por una charanga a tiempo parcial. Pero sin encomendaciones ni preparativos. A lo que salga. Y salió. Lo cierto es que ya veinticinco años nos contemplan. Veinticinco años bailando con brujas.

Fuente: Ibañeza.es

 

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