Cuando el Carnaval era pecado mortal


Mis últimos disfraces, mis últimas máscaras han sido del paño virtual que cubren estas y otras columnas. El esqueleto me hace largas cambiadas y he tenido que dar puntadas a ciegas, para no caer en la cuneta del que quiere y no puede. Que también. Por eso, queridos lectores permitidme que hoy haga un poco de historia de aquel carnaval de mi pueblo, La Bañeza. Mi propio carnaval, más bien, cuando todavía era pecado mortal,

Y es que por aquel entonces, cuando el tío generalísimo seguía con su lucecita en el Pardo y algunos curas trabuqueiros, de sotana perpetua, alzacuello amorenado y tonsura elíptica, sacaron a relucir unos inexistentes pecados mortales contra la carne, antes de que la penitencia cuaresmal no dejara a dos velas de carne de esta malpensada y de la otra, sino comprabas la correspondiente bula.

Por eso, no es de extrañar que una tarde de aquellos memorables martes de carnaval bañezano de los años sesenta del pasado siglo, un guardia civil de La Bañeza me dijera a bocajarro: “Estoy hasta los güevos de estas mariconadas con las que nos estáis comprometiendo. Había que aplicaros la ley de vagos y maleantes”. No os riáis, queridos lectores. La anécdota es cierta como la vida misma. Después, el cachondeo seguía en el propio cuartel y mi respuesta fue casi de inmediato: “No diga eso, señor guardia, que esto sólo es una tarde. Estoy casado y tengo tres hijos. Como piensa eso de mi”. Hasta que se le ablandaba la calavera de charol y nos echaba para la calle.

Eran tiempos de prohibición. Los verdaderos carnavales tenían que tener eso como primera salsa para que el pecado mortal fluyera a la superficie y diera sentido la frase del benemérito: “Fuera, marchad y no pequéis más”.

Y es que pecábamos con todas las ganas. Cuando subíamos a la estación y retrasábamos el tren de las seis de la tarde, haciendo pecar mortalmente de risa y juerga a los viajeros que iban para Astorga. Cuando hacíamos pecar aquellos martes de carnaval a los viajantes de comercio de zapatos, paños, legumbres o lo que fuera, que siempre escogían la plaza, La Bañeza, esos días para hacer sus visitas, coincidiendo con las fiestas de antruejo. Hacíamos pecar a los policías, a los serenos, a la Guardia Civil, que tenían que correr tras los disfrazados, con fusta en la mano y palabrotas en los labios. Hacíamos pecar a beatas y beatos que, antes de tomar la ceniza el Miércoles Santo tenían que confesar sus malos pensamientos carnales al paso de los carnavaleros.

¡Ay Dios!, cuanto pecado descarriado y pecador mortal crearon aquellas fiestas de invierno que, cuando llegó una permisividad del gobernador civil hubimos de cambiar de nomenclatura. “para que no deis tanto el cante”. Pero todo este cúmulo pecaminoso se vino abajo, cuando un grupo de gentes empezó a querer, a intentar, a conseguir organizar una fiesta que siempre había tenido la desorganización por bandera. Pero no había otra.

Las calles y plazas bañezanas se llenaron, se abarrotaron de disfraces. Por suelto y en grupos. Había que darle un mínimo de organización para que no se fuera de las manos, decían aquellos organizadores primitivos, con toda la razón. Sobre todo, si se tenía en cuenta que el pecado mortal se había multiplicado hasta tal punto, que a la entrada de la cuaresma, para poner al día a tanto pecador habría que traer curas importados y misiones.

Y aquella organización pasó después a ser patrimonio político municipal, con carteles anunciadores, charangas y toda la pesca. Había que rentabilizar aquellas manifestaciones espontáneas de alguna forma, programar los desfiles, darle ley a una libertad que empezaba a entrar a rendijas en la sociedad. Y claro, esa oficialidad se llevó por delante el pecado mortal. Quedando sólo en un pecadito venial que se podía limpiar con una porla (por la señal de la Santa Cruz) de refilón.

Por eso, aquellos recalcitrantes carnavaleros tuvimos que inventarnos algo que tuviera un cierto aire de prohibición, de pecadito mortal, a mediados de los años 80 del pasado siglo, para que la fiesta no decayera. Primero llegó la Noche Bruja, loca y salvaje, en la que miles y miles de disfraces llenaron calles y plazas céntricas desde primeras horas de la madrugada, con el sólo propósito de celebrar nuestro carnaval auténtico, sin organización, sin programas preconcebidos, sin bula para seguir pecando. Después…, la Noche de Chispas reforzó aquella fantasía. Hasta tal punto que, hace unos años me informaron fuentes bien informadas que el entonces obispo de Astorga, don Antonio Briva Mirabent, quiso ver entre bastidores aquella noche pecaminosa. Algo que no llegó a concretarse, dado que la obra de Dios, el opus Dei que domina la curia diocesana, se lo prohibió tajantemente.

Hoy aquella idea de Noche Bruja está derivando en los últimos años en un botellón encubierto en la Plaza Mayor, con música programada de discoteca móvil que hace las delicias de los borrachines incipientes. Ya ni eso es pecado mortal. Y sino, que lo diga el actual subdelegado del gobierno, cargo anterior de gobernador civil, perseguidor de carnavaleros bañezanos, ya que además es magistrado.

Así que los más recalcitrantes, los que aún tienen su pecaminoso mortal esqueleto en condiciones, se están sacando de la manga de la imaginación otra farsa nueva, para dar cabida a su ansias pecaminosas del auténtico carnaval bañezano y, cada sábado previo a la semana carnavalera, salen al mercado a vender su fantasía, su locura, sus pecados mortales por calles y plazas bañezanas, rebosantes de mirones y envidiosos sanos como yo. Hasta que venga alguien, lo organice y joda la procesión. Ego te absolvo a peccatis tuis…

Fuente: Polo Fuertes / Leonoticias.com

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