Me acuso, padre, de no correr el carnaval de mi pueblo


 

Me acuso, padre, de no correr el carnaval de mi pueblo, La Bañeza,”¿Y cuantas veces no lo has hecho?”. Varios años ya. Desde que me acortaron una pierna y mi movilidad se ha resentido si corro, bueno, si ando deprisa, me caigo. “Pero hay que ser buen carnavalero y el daño que te puedas hacer, lo ofreces al antruejo en desagravio”. Pero es que las hostias son tremendas y me desuello las rodillas y las manos y hasta la cara.

“No importa. Tienes que seguir y seguir. Porque, ¿Cuántos años tienes?”. Muchos, padre, muchos y yo ya tengo cubierta la cuota para recibir mi pensión carnavalera. “El carnaval no sabe de pensiones ni de sobres, hijo. Y menos si eres bañezano. Así que arremángate la fantasía, búscate un disfraz cuajado de lentejuelas de imaginación y tira millas, coño”.

En el templo de la noche de los sueños me escondo tras una larga columna gótica, royendo la madera de mi frustración. Porque con los kilos también pesan los años. La mente está despierta pero la carne está floja cuando sobrepasas las siete décadas. Joder, con el padre confesor.

Así y todo, me arremangué mis miedos, descolgué un disfraz de tiempos de crisis y el primer garrotazo que me dio la benemérita de aquellos años cincuenta y sesenta del pasado siglo, me hizo correr por la senda de la libertad, cuajada de serpentinas y confetis. Hasta que caí todo lo largo de mi cuerpo serrano.

Mientras me levantaba vi correr y moverse al ritmo de ilusiones rotas a mis compañeros de carnaval. Comencé a disfrazarme de envidia, mientras las risas peinaban mi peluca revolcada por la tierra. Era sábado de carnaval en La Bañeza. La lluvia de imaginación caía a raudales sin ver ningún paraguas abierto. Era sábado de fantasía en mi pueblo.

Por fin se había vuelto a romper las coordenadas organizativas y el carnaval descontrolado, sin corsé, sin muletas oficiales, sin músicas contratadas, lo más auténtico de esta fiesta que un año la autoridad competente nombró, para joder un poco más con la oficialidad, de Interés Turístico Nacional.

Me levanté. Me sacudí mis andrajos cubiertos de pupas viejas e intenté volver a correr el carnaval de mi pueblo. Pero ya no hacía falta. A lo largo de este medio siglo pasado habían desaparecido los gobernadores civiles, los guardias beneméritos de tricornio acharolado, el tren y sus circunstancias, los policías de gorra de plato, las multas que nunca se pagaban y los serenos con lanza que cantaban las horas nocturnas a la vera de la casa consistorial.

Ya no hacía falta correr el carnaval. Me acerqué al confesionario del antruejo y le dije al padre: Me acuso de no correr el carnaval, pero ya no es pecado de lesa bañezanía, porque nadie prohíbe  nada. Ni para mandar tocar un ciego.

Me arrimé a una de las columnas de la inmensa bóveda de la ilusión y me despojé de mis viejos ropajes, manchados de caídas. Al fin y al cabo, hasta que por la noche, alguien no pregone la fiesta, sigue siendo libre el carnaval de mi pueblo, La Bañeza. Sin oficialidades, sólo locura y fantasía. Casi como era antaño.

Luego, volví a echar un trago a la bota que me servía también de fuelle de mi gaita virtual. Eructé setenta y dos años y grité a pleno pulmón:  Venga, coño, a correr todo quisque el carnaval. 

 Fuente: Polo Fuertes / Leonoticias.com
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