Hoy toca hablar de carnaval, del Carnaval de La Bañeza


Doy comienzo a una nueva columna para mis ‘Letras con eñe’ en un momento en que el papel en blanco amenaza con llenarse de color, porque hoy toca hablar de carnaval; pero no de un carnaval cualquiera, una de esas citas anónimas de las muchas que se celebran en estos días a lo largo y ancho de nuestras fronteras, sino del Carnaval de La Bañeza. Ese carnaval genuino que apenas necesita unas horas para convertir lo imposible en real, donde lo absurdo puede llegar a ser la estrella de la fiesta y donde lo inimaginable se hace realidad a través de cada uno de esos carnavaleros que se encarga de darle forma a su idea hasta convertirla en algo grandioso.

Este carnaval que ha desafiado a la autoridad, a las costumbres de aquella España que lo consideraba “de dudoso gusto” y que le exigió cambiar el nombre por el de “Fiestas de invierno” a algo parecido pero permitido por el gobernador de entonces. De una época que -quien suscribe y muchos de los que están leendo estas líneas- sólo conocemos por las referencias orales o escritas que las crónicas han dejado para los herederos de un carnaval con mayúsculas, como el que tenemos el orgullo de disfrutar en nuestros días. (Aunque en La Bañeza se pasara un poco por alto esa prohibición…)

Este carnaval que, como dijo un periódico provincial este fin de semana, “se escribe con B… de bañezano” y se encarga de dejar claro que eso sólo se consigue llevándolo en la sangre y anticipando al resto de problemas de los que acucian a la sociedad de hoy las ganas de pasarlo bien. El caso es que mientras escribo estas líneas, no tengo claro que desafíe al tiempo que trata de mermar el número de visitantes, o con desbaratar los planes de los carnavaleros que están a estas horas arreglándose y mirando al cielo con la confianza puesta en que don Carnal aparte de un manotazo esas nubes que amenazan con echar a perder esta cita ineludible en el calendario bañezano.

Este carnaval que año tras año se supera en originalidad, en asistentes y en participantes que no quieren perderse la mascarada -esa de la que todo el mundo habla-. Esa fiesta que hace temblar a los universitarios tratando de sortear las fechas de los exámenes para poder escaparse a La Bañeza a correr el Carnaval. Este carnaval que no entiende de crisis ni de recortes, porque en los baúles de los auténticos carnavaleros hay material suficiente para reciclar un traje y convertirlo en un personaje de rabiosa actualidad; un disfraz que, aunque ya lo haya lucido hace décadas, vuelve a ser nuevo.

Unos retoques de esas improvisadas modistas que se encuentran en cada casa y el disfraz se convierte como por arte de magia en otro totalmente distinto y acorde con el personaje de moda, con el lío político que marca la actualidad o con algún personaje de cuento que, por su condición de clásico, nunca pasa de moda. Acaso en otras ciudades acusarán a la crisis de ser el detonante que impida la celebración del carnaval, o la excusa para bajar la calidad en referencia a años anteriores; pero en La Bañeza eso no pasa, porque en La Bañeza, el carnaval no es cuestión de dinero.

 

Fuente: A. Cordero / iBañeza.es

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