Bacalao


En mi pueblo, que es La Bañeza, los carnavales son una cosa muy seria como todo el mundo sabe. También un gran negocio a cuatro bandas, dícese de los bares, el Alsa, la Guardia Civil y la Policía Local. A ver si me explico, en los bares ni se cabe, sobre todo el martes, los Alsas salen de León rumbo a allí desde la estación de la capital, según se van llenando y así todo el rato, incluida la vuelta, y guardias y polis se apostan a ambos lados de la N-VI Madrid – Coruña, cada uno en su respectiva jurisdicción, alcoholímetro y libreta en mano a la caza de conductores que empinaron el codo, lo cual está chupado y valga la redundancia. Sólo conozco a uno capaz de superar ambos controles, cierto amigo mío rigurosamente abstemio que iba al volante disfrazado de Rubalcaba con una etiqueta de anís del Mono. Cayeron sobre él como buitres y todavía hoy los agentes de ambos lados de la carretera están siendo tratados de depresión post multa.

Estas cosas sólo pasan en los carnavales de La Bañeza, donde hasta los pocos que no beben son unos cachondos, así que coja el Alsa o el buga, allá usted, y plántese para pasarlo en grande. No pierda el tiempo, porque en la capital intentan resucitar los carnavales contratando no sé qué guirrios, jurrus y palitroques típicos de los pueblo y es para echarse a llorar. Si por lo menos el alcalde Gutiérrez se disfrazara de lapicero, que es como le llaman en su partido, el ambiente podría mejorar algo. Pero no hay color local.

Acérquese estos días a La Bañeza y no se arrepentirá por lo menos en un par de noches de resaca, como me pasó a mí una vez que me hicieron pregonero y hubo que ayudarme a subir al balcón del ayuntamiento. La bajada la hice a hombros, dicho sea en todos los sentidos. Algunos me felicitaron luego por el contenido del discurso. Se lo agradecí, pero conste que yo ni me enteré.

Como iba diciendo, fume, beba y salga de Carnaval, que mejora mucho la salud después del infumable debate sobre el Estado de la Nación, que nos abatió el ánimo a todos así como otras cosas de cintura para abajo, usted ya me entiende. Luego los periódicos hicieron encuestas sobre quién había ganado y tal y cual. Coño, primero el aburrimiento y después cualquiera. Que hagan la prueba con los Alsas, los picoletos, los guripas y el aforo de las tabernas próximas al Congreso. No hay color con mi pueblo, se lo digo yo.

En política y como bien canta el tango todo el año es Carnaval. El problema que tienen es que por mucho que disfracen los discursos no cuela ninguno y antes de hablar en la tribuna ya se sabe lo que van a decir, no como me pasó a mí. Viven en una mascarada perpetua travestidos los unos de progres y los otros de derechas, pero, al contrario que las comparsas de La Bañeza, que van todas por la jeta y se gastan un dineral de su propio bolsillo en el disfraz, los del insulso Parlamento cobran muy bien. Y de risa y humor nada. Oiga, no hay más que verles las caras. Como mínimo deberían subir al estrado con un “¿Cómo están ustedes…?” a lo Gabi, Fofó, Miliki y Fofito. “Bieeen…” no contestaría nadie. Si acaso “jodidos, Mariano” o “como tú nos dejaste, Alfredo”. Donde había una vez un circo ahora hay un hemiciclo, o sea medio, qué le vamos a hacer.

A ver si se me pasa la depre de los telediarios, donde sólo salen rollos o desgracias que, encima, se rematan con el pronóstico meteorológico. Cuando no llueve hiela, y el país está manga por hombro. También en las colas del Inem con seis millones de paradines al pairo. Dice Rajoy que han bajado en ciento y pico mil. No te jode, son los extranjeros del efecto Caldera, el infausto ministro de papeles para todos, que han vuelto a casa. Eso también lo hacía yo, si gobernara, y sin mover un músculo de la cara. Me apuesto un euro y gracias, porque para más no me llega. A ver si tengo para coger el Alsa de mi pueblo y luego me invita el alcalde.

Antaño el Carnaval era un desquite anticipado contra los rigores cuaresmales, que te prohibían comer carne y obligaban a ayunar los viernes, salvo que compraras la bula al párroco, ay Lutero. A servidor lo mandaron por algunas, pero hoy los curas no mandan nada. De ahí el auge del bacalao, que hoy está por las nubes.

Los carnavales de La Bañeza acaban trágicamente todos los años con el entierro de la sardina.

No existe en el mundo pena más honda.

Para la ocasión se impone ir disfrazado de Mariano Rajoy.

 

Fuente: Antonio Núñez / Diario de León.

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